ÓSCAR RENÉ VILLALOBOS: DEL LANZAMIENTO DEL MARTILLO AL SALÓN DE LA FAMA, UNA HISTORIA DE AMOR FAMILIAR Y LEGADO DEPORTIVO

“Mi jefe corría por los martillos”: la historia de Óscar Villalobos que demuestra que los campeones no se hacen solos.

Hay entrevistas que informan, otras que explican… y algunas que abren el corazón hasta dejarlo temblando. La conversación con Óscar René Villalobos Scudiero, exlanzador de martillo y nuevo integrante del Salón de la Fama del Deportista Juarense, pertenece a la última categoría.

Porque detrás de sus medallas, de sus récords y de sus títulos, hay una historia de amor familiar tan profunda que rompe la voz, humedece los ojos y recuerda que los atletas no se construyen solo con fuerza: se construyen con amor.

“Muy contento, muy feliz y muy orgulloso”… pero con lágrimas en el alma

Cuando se le pregunta cómo se siente tras su elección, responde con firmeza:

“Muy contento, muy contento de que ya tenía 3 años tratando de ser eligido y finalmente este año estoy considerado para entronizarme en el Salón de la Fama. Muy contento, muy feliz y muy orgulloso”.
Lo dice con una sonrisa contenida, la misma que aprendió a llevar a las competencias, pero detrás hay otra emoción que solo se revela cuando comienza a hablar de quienes estuvieron en cada paso de su camino: sus padres.

Y es ahí donde la entrevista deja de ser deportiva para convertirse en humana.

El instante que lo quiebra: “me quieres hacer chillar”

–Tu papá estuvo contigo desde siempre, incluso corriendo por el martillo después de cada lanzamiento. ¿Qué me dices de él hoy?
Apenas escucha la pregunta, baja la mirada. La respuesta sale en un susurro quebrado:
“Me quieres hacer chillar”.
Y chilla.
Porque no es fácil recordar a quien fue sostén, músculo, sombra y guía.
Respira y continúa, con lágrimas que no necesita ocultar:
“Bueno, él fue una luz en mi vida… y yo creo que el mérito más grande o el apoyo más grande que yo tuve fueron mis papás. Mi mamá desde su trinchera, para que no me faltara nada para entrenar, siempre al pendiente… pero mi jefe fue la parte física, donde día con día me acompañó. Él cargaba los 20 martillos. Los lanzaba yo… y luego ahí venía él con ellos. Esa conexión que hicimos mi jefe y yo fue muy importante… tanto en la vida deportiva como en la vida profesional”.

¿Quién corre por ti en la vida?
¿Quién recoge tus caídas, tus esfuerzos, tus sueños para que tú sigas?
Su padre corría. Corría detrás del martillo y, sin saberlo, corría detrás del futuro de su hijo.

Tres años de espera que enseñan disciplina hasta en la paciencia

–Tres años esperando este momento… ¿qué les dices a los jóvenes que empiezan?
“Yo creo que hasta en esta justa tuve disciplina. Tuve que esperar los tiempos… los tiempos que marcara el momento. A los jóvenes les recomiendo mucha entrega, ser humildes… y aprovechar los viajes y las amistades, porque eso es lo más maravilloso que nos deja el deporte”.
Lo dice con tono de maestro que aprendió en carne propia que la gloria se cocina a fuego lento.

–¿Qué le dices a tus papás hoy?
Su respuesta ya no es deportiva. Es un grito desde el alma:
“Gracias… gracias por quién fuiste. Gracias porque me diste todo tu amor y todo tu apoyo. A mi mamá, gracias por defenderme muchas veces… porque siempre tuvo esa bravía y esa entrega conmigo. No me queda más que agradecerles. Gracias por ese apoyo… y por la persona que me he convertido. Estoy muy orgulloso de los padres tan excepcionales”.
Hay silencios que cuentan más que las palabras.
Aquí hubo uno que duró varios segundos.

El relevo generacional: “ahora me toca ver esta parte con mi hija”

–Y ahora, ¿qué le dices a tu hija, que también practica deporte?
“Todos los días le digo cómo que no, vamos a que entrenes. Yo soy el que la llevo y la traigo… lo demás yo sé que ella y Dios lo van a hacer”.
Lo dice con una ternura que es casi una herencia genética.
Porque ahora él corre por ella. Como su padre corrió por él.
Y así se cierra el círculo del amor que se hereda, no se enseña.
Una vida entera lanzando sueños

Óscar no solo lanzó martillos: lanzó metas, lanzó sacrificios, lanzó esperanzas.
Desde 1988 comenzó a escribir una historia que hoy acumula:
Más de 30 medallas de oro
10 de plata
20 de bronce
Un récord mexicano juvenil de 45.26 metros
Un oro universitario en 1997 en Colima
Un bronce centroamericano ese mismo año

Pero ninguno de esos logros pesa tanto como la imagen que lleva en el corazón: su padre, corriendo bajo el sol, recuperando cada martillo para que él pudiera volver a intentarlo.

20 de noviembre: el día en que su familia entra con él al Salón de la Fama

Cuando su nombre quede inscrito en el Salón de la Fama del Deportista Juarense, no estará solo.

Entrarán con él:
Su madre valiente
Su padre corriendo detrás del martillo
Su abuelo Francisco Javier, origen de todo
Y su hija, que continúa la historia
Ese día, cuando el público lo aplauda, cuando la luz lo ilumine y su nombre se haga eterno…
no será solo el triunfo del atleta.
Será el triunfo del amor.

De la Redacción

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