Por Ana Muñoz de la Torre, analista geopolítica.
1. EL DÍA “D” ECONÓMICO Y LOS ENEMIGOS QUE WASHINGTON NO NECESITABA.
Ayer, el Tesoro estadounidense sancionó al Golden Global Bank, una entidad turca de inversión con apenas 34 millones de dólares de capital, fundada en 2019, acusada de facilitar transacciones para la Fuerza Quds del IRGC. Es la única sanción de una operación que Washington bautizó hace dos semanas con el nombre de una de las mayor operaciones militares de la Segunda Guerra Mundial: Día “D” Económico. EEUU invoca Normandía, la operación que Hollywood convirtió en la derrota del fascismo, librando, en la práctica, escaramuzas contra gestorías de barrio.
Lo que la sanción sí ha conseguido no estaba en el guion: irritar a Turquía, socio desde hace un mes de la Alianza de Defensa de La Meca junto a Arabia Saudí y Pakistán, un pacto que trata cualquier agresión contra uno de los tres miembros como agresión contra todos. Turquía no ha entrado en la guerra contra Irán, a pesar de los intentos de EEUU. Tampoco tenía ningún motivo para acercarse menos a Washington. Ayer, Trump le regaló el motivo en bandeja por un capital de 34 billones. El imperio ya no compra aliados. Fabrica nuevos enemigos.
2. ORMUZ Y LA GRIETA QUE LOS MEDIOS OCCIDENTALES VUELVEN A INVENTAR.
El estrecho lleva 188 días cerrado. Cinco tránsitos frente a una capacidad de referencia de quinientos, el barril de Brent en 95,83 dólares, y ni un solo petrolero ni un solo metanero operando con tráfico real dentro del corredor. El propio Press TV lo ha resumido sin metáfora: no hay vuelta atrás, el control estratégico de Irán sobre Ormuz señala el fin de la hegemonía naval estadounidense en el Golfo.
Irán exportó más de 40 millones de barriles de petróleo en las dos semanas posteriores al levantamiento del bloqueo naval estadounidense, y el plazo de negociación de 60 días expiró sin acuerdo por los incumplimientos constantes de Washington. Trump llegó a amenazar con acción militar a Omán, un aliado convertido en enemigo, por mediar sin su permiso. Omán no se echó atrás, y el corredor sigue funcionando bajo especificaciones iraníes. El estrecho ya no es una vía marítima abierta. Es una frontera nueva con peaje en yuanes o criptomonedas, y Washington no la va a cruzar.
Incapaz de reabrir el estrecho a bombardazos, Washington ha vuelto al manual de siempre: inflar cualquier matiz interno hasta venderlo como fractura. Medios como The New York Times llevan meses vendiendo la fractura entre una facción “moderada” en torno a Pezeshkian y una “línea dura” que acusaría a los negociadores de traición, como si dos corrientes de pensamiento dentro de un mismo gobierno equivalieran a una ruptura. Ni siquiera hace falta desmontarlo desde Teherán: el propio Middle East Institute, centro de análisis occidental, tituló su respuesta “el mito de la división” y explicó que no existe fractura real sobre la necesidad de reducir la presión cuando aparece una salida diplomática creíble. Dos alas de pensamiento distintas, unidas por completo frente a Estados Unidos, no son una grieta. Es un espejismo dibujado por quien ya no encuentra la presa.
Es el mismo manual que Washington aplicó en Egipto, Libia y el resto de las llamadas “primaveras árabes”: fracturar primero en el relato para fracturar después en la realidad. Ahí donde ese manual encontró estructuras de poder dependientes de Occidente, funcionó. Irán lleva desde 1979 organizado precisamente para no poder ser fracturado.
3. EL IMPERIO HA ENTRADO EN LA FASE DE DESTRUCCIÓN TOTAL.
Para entender lo que está pasando en estos momentos, hay que detenerse en Ceuta, cuando el 30 de Julio casi 80,000 personas entraron por la frontera de Marruecos, una ciudad de 83,000 habitantes. Entraron casi tantos como los que ya vivían allí. En los primeros días se consiguió devolver a 70,000, según el Gobierno, 60,000 según la Policía Nacional. Lo cierto es que hay 10,000 marroquíes en situación ilegal que continúan en Ceuta un mes después.
Lo primero que hay que aclarar, desde la realidad material y sin el miedo absurdo a coincidir en parte del relato con la derecha, es que no es una crisis migratoria, sino una operación organizada. Hay documentos filtrados por la Policía Nacional que lo demuestran: imágenes y vídeos que documentan cómo gendarmes marroquíes guiaban a la gente en camiones hacia la frontera desde Marruecos. Hay mensajes en redes sociales días antes que muestran cómo fueron organizados durante los días previos. Hay personas escondidas en las montañas de Ceuta a las que se ha tenido acceso, totalmente equipadas con placas solares, dinero, medios… Marruecos no asistió al caos. Lo dirigió.
Llamarlo “crisis migratoria” es hacer uso de un eufemismo absurdo que no se corresponde con la realidad. 80,000 personas en un mismo día, algunas de ellas financiadas por Marruecos con material, dinero y medios, son un conato de invasión orquestada por un país externo.
El Centro Nacional de Inmigración y Fronteras, el CENIF, remitió el 29 de julio una alerta a cinco organismos advirtiendo de un “riesgo extremo” de acción coordinada para saltar la valla al día siguiente. Ese aviso existió, se ha filtrado en todos los medios masivos y digitales y se ha documentado. Sin embargo, Pedro Sánchez dijo en el Congreso que no había recibido ningún aviso. Marlaska, ministro del Interior, también negó haberlo recibido, al igual que Exteriores. Únicamente Margarita Robles, Ministra de Defensa, reconoció el aviso y la labor de los servicios de inteligencia. Ante la insistencia de Pedro Sánchez, dejando al Servicio de Inteligencia como un órgano incompetente, El CNI filtró el documento.
La policía, mientras tanto, llevaba semanas denunciando lo que se estaba viviendo en Ceuta. Diez agentes del orden para más de 70,000 personas, sin armas y sin orden de cargar, pidiendo disculpas a los ceutíes por no poder intervenir. Más tarde, se les dotó de un arma por cada tres policías sin orden de cargar ante altercados. Miembros del Jupol, el sindicato de la policía, siguen saliendo en los medios a diario, indignados, con datos y con pruebas, porque los dejaron solos, porque sabían lo que venía y no les dieron medios. Esta es la realidad material y ahora vamos al análisis.
Detrás de todo esto está el Mossad, con información sensible sobre Sánchez desde la operación Pegasus, y EEUU. Sánchez echa la culpa a Putin. Sin comentarios.
Pero vayamos al análisis de los hechos. Hace cinco meses Marruecos amplió su alianza militar con Washington, con un acuerdo de 10 años firmado en el Pentágo, y mucho antes de intentar desestabilizar a España EEUU ya había convertido a Rabat en su portaaviones terrestre en el Mediterráneo occidental.
Para EEUU la pérdida de Ormuz supone la caída de su petrodólar a medio plazo. Y dada su incapacidad para recuperar Ormuz, ha decidido buscar otras vías de explotación. En este caso el Estrecho de Gibraltar. Pero para optar a controlar Gibraltar, por pura lógica geográfica, antes debe debilitar a España. Y no hay mejor palanca para debilitar a España que Ceuta.
Lo de Ceuta responde a una operación de desestabilización contra un aliado al que Washington, en su desesperación, cree que puede sacrificar para sobrevivir. Las declaraciones de Trump hace dos días demuestran su torpeza: “Me da pena España, un país arruinado e invadido.” El mismo día, volvió a hacer declaraciones afirmando que revisaría la situación de Las Malvinas, afirmación que Milei tardó cuatro horas en recoger para dar una rueda de prensa cargando contra España y asegurando que Argentina recuperaría Las Malvinas. La reacción de Reino Unido fue la esperada: indignación y unidad frente a la amenaza.
El nexo está claro. Quien ostenta la soberanía de Gibraltar y las Malvinas es el mismo actor: Gran Bretaña. El imperio, en su locura final cree que puede tratar de desestabilizar a dos países aliados pertenecientes a la OTAN, uno perteneciente a la Unión Europea, sin acelerar la propia destrucción del imperio norteamericano. Y ésto responde a un hecho que en el materialismo histórico es un patrón inamovible: el imperialismo, en su fase terminal, ya no distingue entre aliados y enemigos porque el capital financiero que lo domina no puede frenarse ante esas distinciones. Cuando el imperio ataca a países de la OTAN y de la Unión Europea como si fueran piezas desechables, está firmando su propia sentencia de muerte. No es solo arrogancia: es desesperación. Es la necesidad de controlar el último nudo estratégico, el Estrecho de Gibraltar, aunque para ello tenga que devorar a los suyos. Y eso, en términos leninistas, es la fase superior del imperialismo devorándose a sí mismo.
La sola idea de que Trump piense que puede tomar el Estrecho de Gibraltar, o sentar las condiciones para hacerlo, sin aislar económicamente a Estados Unidos del resto del mundo, revela algo más profundo que la mera arrogancia imperial. Revela desesperación. Porque atacar a España, miembro de la Unión Europea, y amenazar al Reino Unido, miembro de la OTAN, no es un movimiento calculado desde la fortaleza: es el gesto de un imperio que ya no puede esperar, que ya no puede negociar, que ya no distingue entre aliados y enemigos porque el capital financiero que lo domina no se detiene ante nada, ni siquiera ante los suyos.
El imperialismo, en su fase terminal, no se expande. Se devora e implota. Y al devorar a sus propios aliados, acelera su propia destrucción. No es solo una contradicción política: es una contradicción material. Porque un imperio que rompe sus propias alianzas, que convierte en objetivos a los que antes eran plataformas, está desmantelando las estructuras que lo sostienen. Y lo hace porque ya no le queda más alternativa que la huida hacia adelante.
Eso es lo que estamos viendo. No es fuerza. Es agonía. Y la agonía del imperio, cuando toca a sus aliados, se convierte en el principio del fin.
Esta regla histórica se ha demostrado una y otra vez desde que EEUU atacó unilateralmente a Irán. Si Washington no hubiera atacado Irán, si no hubiera roto el Memorando de Islamabad, si no hubiera apostado por la guerra total, el imperio habría tenido todavía por delante un plazo histórico relativamente amplio. Quizá veinte años. Tal vez más. El tiempo suficiente para que China consolidara su superioridad, para que la desdolarización avanzara, para que el mundo multipolar tomara forma sin necesidad de un choque brutal.
Pero Trump no quiso esperar. Y al atacar Irán, encendió la mecha de la propia derrota de su país. Irán cerró el estrecho de Ormuz, golpeó el petrodólar, agravó la crisis económica de Estados Unidos, humilló a su ejército, destruyó sus bases y dejó al Pentágono ante el mundo como un gigante con pies de barro. Cada bomba lanzada contra Irán ha acelerado la descomposición de EEUU. Cada amenaza, cada sanción, cada gesto de desesperación ha servido para que el mundo vea lo que antes solo intuía: que la hegemonía estadounidense no era eterna.
Y así, el hombre que prometió hacer a Estados Unidos grande otra vez es, precisamente, quien lo está enterrando. No por casualidad, sino por lógica. Porque en la fase terminal del imperialismo, cada intento de salvarlo es una palada más sobre su propia tumba.
Lo único que va a lograr Trump por esta vía es que sus aliados tradicionales busquen opciones de escape independientes y que las potencias emergentes consoliden sus rutas comerciales y financieras alternativas mucho más rápido, como ya lo ha hecho Canadá. Es una constante histórica inevitable: la soberbia imperial impide aceptar la transición hacia un mundo multipolar, y en ese intento desesperado por frenar el reloj de la Historia, terminan siendo ellos mismos los que activan el botón de su propia demolición económica y política.
Y esta es la diferencia fundamental entre el análisis de coyuntura superficial y el análisis estructural geopolítico profundo. Mientras la opinión pública y los medios tradicionales se quedan atrapados en la narrativa del miedo del día a día, enfocando Ceuta únicamente como una crisis fronteriza local o humanitaria, el análisis estructural marxista es capaz de elevar la mirada y descifrar el verdadero síntoma global.
La presión sobre Ceuta no es una demostración de fuerza de un imperio con un plan sólido; es un indicador de debilidad y desesperación táctica. Utilizar la desestabilización en el flanco sur de Europa mediante terceros actores como herramienta de chantaje político es el recurso de quien ya ha perdido las palancas de la diplomacia real y el control de los grandes flujos financieros mundiales. Es un movimiento reactivo, chapucero y cortoplacista que busca tapar el vacío dejado por su expulsión del Estrecho de Ormuz y el declive irreversible del petrodólar. Y por eso, al ser un movimiento basado exclusivamente en el caos y carente de una base material y financiera que lo sostenga —con Estados Unidos asfixiado por casi 40 billones de dólares de deuda—, está condenado a ser algo completamente pasajero.
Los imperios en fase de contracción histórica no tienen el músculo para cronificar este tipo de ofensivas en múltiples frentes sin acelerar su propia quiebra interna. EEUU ya ha entrado en fase de autodestrucción. Cada paso que da Trump acelera más y más el final de la hegemonía de EEUU. Lo hemos visto repetido una y otra vez a lo largo de la Historia. Conocemos las señales. Y vamos a ver el derrumbe en directo.
Fuentes:
– Press TV, análisis “No going back: Iran’s strategic control of Strait of Hormuz…” (1 de septiembre de 2026).
– Hormuz.report, datos AIS en tiempo real (2 y 5 de septiembre de 2026).
– U.S. Department of the Treasury / Department of State, sanción al Golden Global Bank (4 de septiembre de 2026).
– Al Jazeera, NBC News, CNBC, Fortune, Bloomberg, France 24, GB News (declaraciones de Trump sobre España y las Malvinas, 3-4 de septiembre de 2026).

